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LA NACION, miércoles 31 de octubre de 2001
Cartas de lectores
Señor Director:
Intolerancia (del latín, «intolerantia») significa
falta de respeto y consideración hacia las opiniones y prácticas
de los demás, aunque repugnen a las nuestras, según la definición
de la Real Academia. Esa es precisamente la actitud en que incurrió
Félix Luna, sorprendente en una figura de su significación
y cultura, cuando califa de sufragios «estúpidos» los
votos en blanco o anulados en la elección del 14 del actual, y
de ciudadanos «desaprensivos, bobos o frívolos» a quienes
los emitieron (LA NACION del 21 del actual, artículo «Se
puso de moda el voto inútil», primera sección, página
14).
A diferencia de lo que sostiene nuestro conocido historiador, el sufragio
en blanco constituye un voto plenamente válido, emitido por un
ciudadano que no sólo cumple con su deber de concurrir a los comicios,
sino que utiliza esa arma democrática (el voto) para expresarse
concretamente. Esto es, para señalar de manera asertiva su disconformidad
con el funcionamiento del sistema, su falta de confiabilidad respecto
de los candidatos que se proponen, su deseo de disminuir el número
de bancas y el consecuente gasto que cada una de ellas supone en dietas
y sueldos de secretarias y asesores. Otras de las razones pueden implicarse
en el propósito de no contribuir al sostenimiento de ningún
partido de los que participan (un voto, un peso), y por supuesto, llamar
la atención a la dirigencia política manifestando pacíficamente
un claro rechazo al estado de cosas existente.
Esta disconformidad colectiva alcanzó tal magnitud que en las últimas
elecciones la suma de los ciudadanos que voluntariamente no concurrieron
a los comicios, la de los votos anulados y la de los votos en blanco,
llegó nada menos que al 48,15% del total del padrón electoral
en la ciudad de Buenos Aires.
El aviso que no registra precedente en la historia argentina fue decididamente
muy fuerte. Por ello, en lugar de insultar y descalificar a los ciudadanos
que asumieron estas posturas, acudiendo al remedio simplista de eliminar
al mensajero, lo que deberíamos hacer en conjunto es tratar de
comprender cuáles fueron las causas que llevaron a este resultado,
y cómo deben ser superadas.
Con Eduardo H. Malamud acabamos de solicitar ante el Juzgado Nacional
Electoral de la Capital Federal, a cargo de la doctora María Servini
de Cubría, que se asigne una banca de diputado (que naturalmente
quedará vacía) a la masa de 87.219 ciudadanos que votaron
en blanco. Es lo que les corresponde proporcionalmente. Ello es justo
y responde al principio de respeto a la soberanía popular, establecido
en el artículo 37 de la Constitución nacional. Si no se
lo hiciera así, y dicha banca fuera repartida en cambio entre los
partidos que superaron el piso del 3%, todos podríamos considerarnos
virtuales rehenes de una verdadera oligarquía política.
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Carlos Ernesto Ure
Piedras 83, Capital
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